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Aplicabilidad de la ética en el escenario de la administración pública.

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En el Boletín de Bioética No 14 de la Universidad Complutense el profesor Diego Gracia señala que a los políticos nadie les ha pedido que sean genios, ni que sepan de todo ni que no se equivoquen, dice que solo se les pide que sean decentes y que actúen con prudencia y de inmediato afirma:
“La política es el arte de actuar con prudencia administrando los bienes públicos, o lo que es lo mismo, pensando en lo que es bueno no solo para el político o para los suyos, sino para el público en general, es decir, para el conjunto de los seres humanos”, o sea que se refiere a la decencia.
Con dos indicadores básicos se enmarca en un cuadro ético las dimensiones de la ética pública que hoy se requiere para todos y que de alguna manera se sustenta en la ética de la responsabilidad.
Los tiempos cambiaron y los conceptos de nutrieron con nuevos contenidos sin tener que descartar los anteriores. Ser decente estaba referido al mundo de los modales y del respeto a las normas o costumbres establecidas por la tradición y la moral social imperante. Hoy en un mundo cambiado y cambiante la política y quienes la administran desde el poder en el espacio público, los llamados servidores están llamados a ser “decentes” en su ejercicio y eso quiere decir ser pulcros. La pulcritud es una condición de apegarse a los principios que responden a la finalidad de las cosas.
La administración pública es un favorecimiento dado a un núcleo político que llego al poder por vía electoral con la finalidad de hacer un buen gobierno, orientado a la búsqueda del bien común y su máxima expresión de decencia será administrar bien lo que se le ha entregado de manera provisional en base a la confianza dada.
Ser decente en lo administrativo requiere primero saber lo que se tiene entre manos, la técnica, el manejo científico de lo administrado. Esto ser refiere a la virtud técnica, al buen administrador, aquel o aquella que sabe del tema, que es experto en el tema, que no viene a improvisar porque llego allí más que nada a “buscar lo suyo” o porque no había otro puesto y “me dieron este”. La primera condición de la decencia duerme en la pericia técnica de lo realizado.
Ser decente es además rodearse del equipo técnico que tenga las habilidades para la implantación del “buen gobierno” pero no basta con el “Buen administrador” si no hay adornos morales que acompañen a la técnica.
Hay muy buenos técnicos, tan buenos que son capaces de saber hasta como no dejar huellas o rastros de sus des andanzas, de sus corrupciones, de sus temeridades. Esa condición de decencia no la da solamente el manejo de la tecne. Hace falta que adornos morales, que por lo general vienen desde la casa, no se adquiere en el cargo. Hace falta completar al Buen Administrador Bueno, o sea el que maneja la técnica con esmero, y que la ejerce con honestidad y sabiduría.
El segundo elemento a decir del Profesor Gracia es “la prudencia” la cual a veces se define hasta como un arte, porque no todo el mundo sabe ser prudente.
La prudencia es una norma que implica “pensar en lo que es bueno no solo para el político sino para los demás” es decir tiene que tener claridad del propósito de la búsqueda del bien común, del mejor beneficio para la mayoría y en este caso se refiere a ella no en criterios cuantificables de “mayoría” sino de “afectados”, los más vulnerables.
Llevar el mayor beneficio a los más necesitados requiere un ejercicio administrativo de técnicos expertos y moralmente convencidos y convertidos al tema del bien común. Ser prudentes será hacer coincidir los bienes internos de la administración con la intención intrínseca de un ejercicio profesional decente.
La decencia y la prudencia, dos nombres gastados y con mala prensa en el sector público, hoy cuenta con nuevos credenciales apoyados en normativas modernas, en voluntad política y en la esperanza de su realización.
Nadie duerma pensando que llegamos, la utopía es aquella que se divisa en el horizonte y se aleja en la medida en que nos acercamos a este. La ética nada contracorriente porque se enfrenta a la condición humana, que es débil, lábil y tiene precio.
El mandato ético de la administración pública moderna es a ser decentes y prudentes

 

 

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