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EL SEXO FUERTE?

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Una desviación de orden social constituyó la supuesta clasificación de los sexos según la fortaleza. Los hombres son el sexo fuerte y las mujeres el débil. Estos mandatos de cómo deben actuar y comportarse en la sociedad los varones y las mujeres se conoce como el papel de género, pero viéndolo con esta intención podemos decir que salen de un punto de partida falso.
Los varones deben ser educados para ser “el sexo fuerte”, por tanto, deben esconder sus sentimientos, aprender a no expresarlos, a no llorar a no mostrar “debilidades” porque esos atributos tenían que ser femeninos y así fuimos creando una educación para varones y otra para mujeres, ahí construimos la terrible frase que dice “los hombres no lloran”.
Fuerte, ¿Dónde? En lo físico y en lo sexual. Se llega a plantear estas condiciones como determinantes biológicas y es la propia dinámica de la historia, por un lado, y las luchas de las propias mujeres las que logran desenmascarar esta gran mentira. De las mentiras repetidas muchas veces se crean mitos, o sea creencias que llegan a afirmarse y a asumirse como válidas y luego sirven como patrones para comportarse en la sociedad.
Tiempos atrás, los trabajos de investigación sobre sexualidad estaban fundamentados en encuestas, haciendo preguntas y como el modelo era el machista ya descrito, los resultados apoyaban lo ya sabido; es en la década de los ´60 cuando los trabajos de laboratorio introducen el tema de la respuesta sexual y empiezan por señalar al hombre como uniorgásmico, con necesidad de tomar un descanso después de eyacular para poder reiniciar la actividad sexual y con diferencias con respecto a la mujer que sí puede seguir respondiendo sin tener que hacer esa pausa. Esto más bien invierte los papeles si quisiéramos llevarlo a ese terreno.
Uniorgásmico no quiere decir que sea flojo, malo, deficiente, quiere decir, simplemente, que la mujer tiene una capacidad biológica de tener varios orgasmos en una misma relación sin tener que esperar un tiempo de recuperación, tiempo que sí existe en el hombre y que se llama período de latencia o refractario.
El mito creado complicó más la situación, llegando a hacerle creer al varón, y hasta a la misma mujer, que era su responsabilidad el obtener su placer y de dar el de su compañera, de reconocerse insaciable sexualmente, siempre tener deseo. Con esta uniorgasmicidad versus la multiorgasmicidad femenina y un reto social de demostrar que la cosa debía suceder a la inversa, el hombre entra en pánico, se descubre incapaz para esa competencia y hoy los estimuladores sexuales (que tienen indicaciones precisas para casos determinados) tienen una amplísima acogida en el público joven desorientado al respecto, con un fuerte compromiso que cumplir y con una respuesta distinta desde el punto de vista biológico que la que le han encargado en la sociedad.
Sabemos cómo socialmente la mujer se incorporó a la universidad, al mundo laboral, intelectual y al físico a través de los deportes, defensa personal, hasta llegar al punto de estar representadas en los escenarios fantasiosos de los superhéroes no como “Cenicienta” sino como “Superniña”, “La mujer maravilla” o “la mujer biónica” que es una nueva serie de televisión que salió hace poco tiempo en los Estados Unidos.
Tuvo que demostrarse que la mujer no es el sexo débil para poder desarmar esa clasificación de los sexos y decir que hay diferencias de género que son biológicas sobre todo pero no sociales ni culturales.
Las décadas de los ’70 y ’80 acuñó un término llamado “marianismo” para comparar a la mujer con la virgen María. No por santidad sino por su capacidad ilimitada para el martirio y sufrimiento como vocación, como consecuencia de esas supuestas debilidades físicas, sentimentales y espirituales.
El contexto de desarrollo cambió, las sociedades cambiaron y la mujer y el hombre entraron en papeles de iguales, aunque las resistencias y los poderes aún determinen la presencia de un modelo machista dominante.
No existe un sexo fuerte ni uno débil. Este es el reto de la educación, desmontar este criterio y construir un modelo nuevo donde ambos se descubren como individuales y complementarios. De no hacerse esto, la historia y las nuevas realidades se van encargando de hacerlo a la fuerza al imponer en la práctica la participación de una mujer capaz y preparada, y a un hombre que asuma a la mujer como acompañante de los caminos de la vida.
Aspiramos a que la educación de la sexualidad rompa los mitos, ponga las verdades científicas y sociales de manera que los hombres, con su carga hormonal masculinizante, con su fortaleza muscular, también aprendan a ser tiernos sin avergonzarse de ello. Las mujeres admiran la fuerza y demandan de ternura.
Aspiramos a que esta nueva educación forme mujeres demandantes de esa ternura -que les agrada- y de esas fortalezas -que les interesa-, donde ellas sean valoradas por sí mismas y las relaciones se fundamenten en la vinculación sentimental y el amor y no sobre los mitos y las deformaciones que estos transmiten.

 

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