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LA ETICA DE LA POLITICA EN LA ADMINISTRACION PUBLICA

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  1. LA ÉTICA EN Y DE LA POLÍTICA

Aunque muchos afirman y así se constata, que la ética está de moda, que el tema está en el tapete. La prensa la reclama, la ciudadanía la extraña y los políticos la prometen. Pienso, sin embargo, que probablemente no estamos de acuerdo en lo que estamos solicitando u ofreciendo.

Es evidente que quienes hayan sido los proponentes de este título para mi ponencia sabían que me obligaban a iniciar por el debate pautado por Leonardo Boff (2006) entre el significado de “ética en la política y la ética de la política” y su pregunta: ¿Qué  ética va a prevalecer? Aunque aparenta ser una sutil distinción, es claro según la oferta propuesta, porque en nuestros contextos  latinoamericanos y en especial, en el que nos ocupa, el de nuestro país,  prevalece la visión de la ética en la política que predica la importancia de que existan políticos con virtudes morales personales, al margen del desarrollo del accionar político  de su partido, compañeros o gobierno.

Nos recreamos en señalar a los virtuosos desconectando su mundo de adornos morales reales de las muchas prácticas políticas  de partidos, gobiernos y personas que reniegan del bien hacer. Dirá Boff que esa es la privatización de la ética” y yo agrego: la negación de la ética de la política.

Durante años se han discutido los aparentes desencuentros entre la ética y la política planteándose inclusive, que no es posible hacer prevalecer la primera en el campo de la segunda o que quizás se puede llegar a explicar que es una ética especial y diferente la que le acompaña. 

El referente de estas afirmaciones viene contestado por la importancia de la gobernabilidad y cómo ella pone condiciones que riñen con la ética, pero se hace “en aras de preservar el beneficio de las mayorías”. A este tipo de racionalidad se le conoce con el nombre de  “el principio de Caifás” (“Vosotros no sabéis nada, ni os dais cuenta de que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación”).

 Hay quienes afirman que en un país sudamericano hubo un candidato que no ganó las elecciones, entre otras, porque no hizo promesas falsas ni alianzas fatídicas, la virtud residió en ser honesto en sus planteamientos y las consecuencias: no consiguió los votos de los ciudadanos. Los ciudadanos que exigen la moralidad del acto no corresponden con los votos de quien no ofrezca esperanzas. Primer problema moral.

En el modelo que aborda las éticas de máximos y mínimos nos deja claro que los máximos son aspiraciones de vida buena que pertenecen al espacio de lo privado. Una oferta política, de la que a diario hacen los políticos, que ofrezcan ilusiones capaces de satisfacer todas las expectativas de todos los ciudadanos suena hueco. Las construcciones de vida buena se concilian con las propuestas de felicidad y es evidente que los políticos no pueden satisfacer a todos sus propias construcciones de felicidad, esto corresponde al espacio de lo privado y a la construcción individual de las aspiraciones personales. 

Esto fue lo que ocurrió desde la Gran Depresión, previa la Segunda Gran Guerra con el Estado de Bienestar. Este se comprometió a dar a todos de todo, lo básico y lo mínimo como respuesta a las incertidumbres de un capitalismo incapaz de dar soluciones a las crisis económicas y al desempleo. La propuesta keynesiana de Estado de bienestar entendía que la economía no tenía formas que ofrecer por si misma que dieran al traste con la crisis y propuso la intervención del Estado para reactivar la economía y combatir el desempleo.

El Estado de Bienestar abordó como salida una propuesta Ética Utilitarista donde el tema de la distribución de los recursos estuvo signado por la activación de la economía desde la intervención del Estado, pero fue generando un Estado protector y paternalista que desarrolló una ciudadanía esperanzada en poder obtener sus propuestas de felicidad para todos, unos máximos esperados. En las éticas de máximos la felicidad es una aspiración  individual, por tanto, es privada, a ella se invita y por consecuencia no podrá ser nunca un logro del Estado para sus ciudadanos.

La ética en la política se inscribe en este  litoral  de ofertas de máximos, ofreciendo todo lo que se les ocurre y que saben que ni pueden ni les corresponde ofrecer, porque son propuestas propias del espacio de lo privado, pero que los políticos saben también que si no las ofrecen no consiguen los votos, porque no hay una educación ciudadana al respecto.

Es un tema de educación ciudadana en valores que acumula un largo déficit  y que tiene unas raíces más profundas que lo que aparenta.

Existe una gran confusión sobre la vinculación del mundo de los valores con el mundo de la política. Esta percepción entiende que ambas cosas no deben ni tienen por qué mezclarse, de ahí que, por un lado, ofrezcan pan, trabajo, educación, pero, por otro lado, no lo relacionen con un quehacer ético, porque hacen una disección donde entienden la acción como el acto político (hechos), y la ética la dejan  al carisma de sus líderes y funcionarios estrellas que sacan la cara por el  resto. Esto explica que en el mismo ámbito donde están los próceres de la moral convivan rufianes de la política, corruptos confesos, porque se entiende que eso no altera la ética del grupo, mientras se mantengan en alto la honra de los políticos morales. Mas, todavía, pueden llegar a pensar que lo que se está haciendo desde la política es lo correcto, ya que no vinculan a esta con los valores (ética)

Hoy en este evento el tema que nos convoca, señala dos componentes importantes de mencionar: Gobernabilidad y Cohesión Social. Sin dudas, el tema de la ética los permea a ambos. El primero porque, justamente, muchas de las incongruencias éticas se cometen en nombre de la gobernabilidad. Si no hacemos tal o cual cosa peligra la estabilidad social, se acude a lo posible y se buscan fundamentos morales en nombre de una supuesta “ética en la política” que ya hemos mencionado. El segundo porque se ofrece de nuevo un salvavidas a la crisis del sistema con una oferta de cohesionar lo fracturado y generar una conciencia o sentimiento de pertenencia.

Así como hablamos antes de un Estado de Bienestar, hoy se habla de una propuesta política de cohesión social que reconoce la fragmentación social, se propone articularla en base a recomposición y sentido de pertenencia, pero de nuevo en un contexto de unas asimetrías sociales tan profundas que cuesta creer que estas iniciativas tengan éxito en latitudes como la nuestra. ¿Cuál ética daría fundamento a una propuesta de cohesión social?  Los propulsores le han llamado ética social y la han fundamentado en algunos valores como la solidaridad y la equidad, pero dejándolas en independencia del dominio de la economía y la política estos no podrán funcionar como “valores democráticos” per se. Con nuevo rostro y nuevas intenciones podríamos estar frente a otro grupo de éticas de máximos, de aspiraciones nobles, no obstante, alejadas de su factibilidad.

La Ética de Mínimos,  por el contrario, parte no de aspiraciones e invitaciones sino de obligaciones legales que son las que le dan su estatuto moral. Estas se fundamentan en la Justicia y el principio de la no maleficencia, o sea, de no dañar y con esto no se puede dejar al libre albedrío de los gobernantes y de los gobernados. A esto se obliga por el imperio de la ley. Un mundo político que trabaje por imponer un régimen de justicia permitirá que la ciudadanía alcance diseñar por sus propios medios sus ideales de felicidad (máximos). Un ejercicio del poder que impacte sobre el desempleo, garantice la escolaridad, salud y vivienda, respete los derechos humanos estaría aplicando éticas de mínimos para que los muchos construyan sus máximos.

 “A los máximos se invita a los mínimos se obliga”. Aquí habría una brecha propicia para una discusión objetiva de la ética, una nueva propuesta: La ética de la política.

El debate que debe darse en los contextos del mundo de la política debe ser el de la ÉTICA DE LA POLÍTICA Y NO EN LA POL?TICA.

Visto lo anterior, damos por sentado que debe establecerse una relación biunívoca entre ciudadanos y políticos, partidos, candidatos donde se puedan conocer las propuestas  de los proyectos y el análisis de su fundamento ético, es decir, hay que conocer si lo que se propone es factible y si lo que se ofrece es ético. En tal sentido, Boff argumenta:

En otras palabras, no basta que haya políticos éticos, con virtudes personales reconocidas (ética en la política, próceres morales les llamo); lo importante es que prevalezca la discusión acerca de la ética de la política. Ésta trata del marco institucional que obliga a los ciudadanos a vivir ciertos valores fundamentales para la sociedad. Sobre todo importa discutir el carácter ético del proyecto político del candidato. (2006).

Pero sucede que vivir “ciertos valores” nos trae el conflicto central de la disparidad entre estas dos visiones de la ética, la del mundo de los valores vivenciados en los hechos.

 Esto nos lleva al principio, cómo educar ambas partes en el conocimiento práctico y teórico de qué es la ética, si el problema inicial reside en los valores.

La tradición nos colocó en el mundo académico de la ética, donde esta solo servía como asignatura y para pasar exámenes de filosofía. Las éticas normativas, descriptivas, la meta ética eran más discursivas que aplicables  y ello dio pie a que en el tema que nos ocupa prevaleciera más la ética en la política que la de la política. Por un lado, era una ética basada en los modelos personales y en el cumplimiento de la ley, por otro lado,  un gran fundamento deontológico. Seres excepcionales, que existen, que han sido paradigmas del honor y el compromiso social, pero  cada vez más escasos o más bien en extinción.

 La tarea de clonarlos en una sociedad con otras reglas del juego es imposible y por eso en los panegíricos ante su cadáver se repite “seres como este solo aparecen cada siglo”

Claro, hay una realidad social plural, globalizada, movida por el mercado y el capital y un ser humano bueno y bondadoso que da cátedras de cómo debía actuarse en política y los mismos que le aúpan y rinden honores, trazan pautas, acuerdos, alianzas y propuestas fundamentadas en la conveniencia siguiendo el famoso postulado clásico de Aristóteles de entender “la política como el arte de lo posible.”

Esa definición no es mala, lo malo es ponernos de acuerdo sobre qué es lo posible, porque ello deja en libertad a la ética y pierde su encuadre moral, se  desliza por un encuadre de conveniencia y estas, a  su vez, en conveniencias particulares, grupales, personales, creando un escenario inmoral con algunos próceres de la moralidad vivos o invocados en cada aniversario de su muerte.

El conflicto gira en torno a los valores. No se comprende que los valores no existen solos, sin el bien, que pasan por los hechos y esto tiene larga data en la historia.

 

  1. 2.       ÉTICA DE LA POLÍTICA: HECHOS Y VALORES

La discusión a la que estamos convocados es la de la ética de la política que asume como referentes la vivencia de unos valores morales mínimos en toda sociedad (Ética de Mínimos) y la exigencia de estos a que sus líderes políticos los incluyan en sus propuestas y programas de gobierno.  Sin duda, en todos los programas y misión, visión y valores de los estatutos de partidos están presentes en la letra, pero no en la realidad porque se les considera mundos apartes.

Diego Gracia (2011) en su artículo Una reflexión sobre la crisis desde la ética nos abre un panorama increíble para entender este fenómeno. Este hace una revisión de la dicotomía que ha existido entre hechos y valores, reconociendo la negación que ha regido de entender como valido solamente los valores instrumentales, los medibles y no los intrínsecos, por considerarlos propios del mundo del espíritu.

 Esto tuvo su mayor debate en el campo de la economía, que negándolos y aceptando solo los instrumentales como válidos dio acogida a la ética utilitarista, en tanto podían medir con fórmulas matemáticas la utilidad de las intervenciones, mas no así la valoración de las mismas. Los hechos se consideraron racionales y objetivos, mientras los valores eran entendidos como subjetivos e irracionales.

Esta visión permeó las todas ciencias, incluyendo las sociales y permite inferir que lo mismo fuera trasladado a la política. “Los hechos  son libres de valores” se  afirmaba, es el auge del positivismo del que no escapamos aun en las disciplinas profesionales liberales. Se ha generado una inversión a la que Gracia (2011) llama una “máxima perversión axiológica”, ya que los valores que deben ser fin se han traducido como medios. Y la economía, la política, las ciencias que debían ser medios se han instalado como fines, son objetivos en sí mismos.

Estas premisas nos permiten entender la distancia que existe entre la política (Hechos) y la ética (Valores) y la santificación de los modelos que hemos llamado de los próceres morales, de la ética en la política,  en tanto son paradigmas, pero no se relacionan ni asumen responsabilidad de los desaciertos morales de sus compañeros de acción. De este recorrido, podemos encontrar justificación en la ética en la política. Llegar a la  ética de la política implica reconciliar los hechos con los valores. Introducir el marco axiológico dentro de las propuestas políticas, de los programas de gobierno y del accionar en la administración pública. Muchos dirán que eso ya se hace y es  cierto, pero como anexos académicos no como convenciones de que la tarea es construir valores a partir del hecho político.

Dos principios deben normar dichas propuestas, partiendo de las Éticas de Mínimos que proponen colocar valores de consenso que garanticen ambos principios normativos: 1. El de no hacer daño y 2. El de justicia. Ambos son los principios rectores del espacio de lo público, y es en este espacio donde se  juega la relación sociedad-política. Claro que al hacer vigente el modelo de la ética en la política estos principios no tienen validez, ya que su ámbito de prevalencia es el privado, el del prócer de la moral, que es un modelo privado y el de los hechos desvinculados de los valores.  Aquí nace el caos en que vivimos, de una sociedad politizada huérfana de propuestas morales para la política.

Probablemente, la confrontación entre ética de la política y en la política tenga que buscarse en los orígenes causales y no en las consecuencias evidentes, es decir, en la disociación del mundo de los valores  con la sociedad y el capitalismo (hechos, realidad).  Se reconocen como antagónicos los hechos  propios de la política, del gobierno,  la administración pública y los valores, y como salida ignorante se buscan fundamentos indebidos, como serian los códigos de ética, los reglamentos para códigos (otro absurdo), los códigos dentro de las leyes, entre otras, una reflexión sobre la crisis desde la ética) y porque no la política y su ejercicio para gobernar. A tal fin, Gracia explica:

Esto es lo que quiso enmendar la llamada escuela neoclásica, que claramente influida por el positivismo y sus derivaciones ulteriores, entre ellas el neokantismo alemán, hizo enormes esfuerzos por separar hechos de valores, los hechos propios de la ciencia económica pura,positiva o científica, de los valores en que tiene que implicarse la economía aplicada, la política económica y la gestión empresarial. (2011)

Ese es el entorno de la ética de la política, la cual se ha descentrado por desconocimiento y por intereses, por no saberse como articular el mundo de los valores con las propuestas políticas de los políticos, es el reconocimiento del paso de las éticas teóricas a las éticas aplicadas como respuestas contundentes a las realidades  cotidianas de la gente. Así podrá verse si las mismas abordan y repercuten en la exclusión, en el hambre, en la educación, en el techo, en la salud de todos y no de una parte del todo.

Las éticas aplicadas o éticas públicas surgen en la década de los 90 buscando nuevas formas de dar fundamentos a los hechos desde propuestas deliberativas. Es una oferta que encuentra eco en el mundo de la empresa,  la salud, la sicología, la ecología, entre otras disciplinas. Su oferta es la respuesta a la negación imperante en el momento de que la ética no tiene que ver con los hechos.  De ahí la disociación con la política, pues si no tiene nada que ver con la economía, con las ciencias, con la tecnología, tampoco tendrá que ver de esta nueva manera con la política, sino en la política, dando salidas virtuosas a realidades deprimentes. El asistencialismo que es bueno desde el mundo de las virtudes se  encarna como emblema de caridad y la caridad es buena y es ética, está en la ética de la política,  pero no es la ética de la política.

Bernardo Kliksberg (2006) en su libro Más ética más desarrollo plantea:

Hay una sed de ética en América Latina. La opinión pública reclama en las encuestas y por todos los canales posibles comportamientos éticos en los líderes de todas las áreas, y que temas cruciales como el diseño de las políticas económicas y sociales y la asignación de recursos sean orientados por criterios éticos. Contrariamente a ese sentir, las visiones económicas predominantes en la región tienden a desvincular ética y economía. Sugieren que son dos mundos diferentes, con sus propias leyes, y que la ética es un tema para el reino del espíritu. (p20)

Esa es la ética en la política. La lógica es la misma, entienden que los hechos están y tienen que estar desvinculados de la ética.

Un ejemplo de lo que proponemos, podemos verlo en algo que pasó recientemente mientras estábamos en una actividad de la Comisión Nacional de Ética y Combate a la Corrupción (CNECC) en Samaná. Unos campesinos fueron brutalmente desalojados de tierras donde tenían unos 60 años viviendo. La tierra no era de ellos, tenía dueños, estos ejercieron su derecho legal, sin embargo, no son “invasores” ni maleantes y tenían sus pequeños bienes acumulados y su familia y sus recuerdos. Del drama humano, tratados como indica la ley, sin lugar a dudas, surgió la compasión de todos y el conocido jurista y presidente de dicha CNECC  Dr. Marino Vinicio Castillo escribió en un pedazo de papel una propuesta para someter al Ejecutivo de que situaciones como esa, de personas con largo tiempo ocupando tierras ajenas, tierras con vocación turísticas y una alta plusvalía, generen un impuesto a la transferencia que dedique parte del mismo para reubicar decentemente a los desalojados.

Este es un ejemplo de cómo se deben vincular los valores con los hechos, la política con la ética, una nueva forma de ver la ética de la política, que debe ser la misma que aliente el quehacer de todos sin quedarnos solo en el reconocimiento de un prócer de la moral visitando a los excluidos o llevándoles colchones y alimentos.

 

  1. 3.       ÉTICA  DE LA POL?TICA  EN LA ADMINISTRACIÓN  PÚBLICA.

Nuestro país no ha estado exento de todo lo planteado, lo hemos vivido como el que más. Una visión de la política descentrada en su relación hechos-valores, un hermoso ramo de próceres morales empapados de un fuerte contenido deontológico y un quehacer político desvinculado.

Históricamente, nos hemos regido por un modelo de ética en la política y no de la política, sin embargo, nos diferencia en esta última década un marcado interés por fundamentar éticamente el quehacer político sobre todo en el ejercicio del poder y su mayor expresión ha estado en la administración pública.

Verlo de forma procesual nos alienta, nos refiere a una intención positiva de querer dar un marco moral al quehacer administrativo, pero desde mi punto de vista, completamente errado en las formas y en los fundamentos, pues cargados de buena intención replica los cánones de la ética en la política desvinculando los valores de los hechos y, como consecuencia,, escudando a la ética en una llamada “transparencia” o no sé, si a esta en una mal llamada “ética”.

Como producto nació en parto gemelar el concepto indisoluble de ética y transparencia, como que el uno arrastra al segundo y donde aplicar el segundo implica que se cumple de manera cabal con el primero. 

La transparencia ha sido vendida como un artificio matemático de que todo lo que se hace de manera pública, se deja ver a trasluz  y adquiere la calidad de lo propuesto, reduciendo su marco de acción a las acciones visibles y a la rendición de cuentas. Hoy sabemos que la transparencia sin ética puede llegar a ser, inclusive, un instrumento legitimador o cómplice de inconductas, en cuyo nombre se cometan travesuras. Si los valores no se relacionan con los hechos públicos de la administración, estos se quedan como puros instrumentos académicos, sanos inclusive, pero sin alma moral.

Transparentar no es solo dejar ver lo que hemos hecho, sino que los hechos se compadezcan con las respuestas necesarias que favorecen la búsqueda del bien común, operativizados  en los ámbitos  de cada espacio. Son los valores vinculados a la construcción del bien común, los que instrumentaliza la política a través de la administración pública y se expresan en la transparencia. Esta en sí no es un medio sino un fin en sí mismo y este es un fin ético.

Podemos dejar  ver lo que nos interesa que se vea y no ser ético, pero ser transparente. Si nos acogemos a las definiciones etimológicas y modernas podemos llegar a creernos y a hacer creer que se está haciendo bien lo que es incorrecto. Esa es la lógica de la ética en la política en cuando no vincula sus hechos (técnicos) con sus valores (moral)

Claro que hemos avanzado, pero probablemente por  caminos errados, el fundamento más reciente de nuestra fundamentación ética en la administración pública intentó hacerse a través del Código de Ética del Servidor Público (Ley 120-01). Aquí empieza otro viacrucis para la moral de la administración pública.

Los códigos como el de Hammurabi en Babilonia era un conjunto de leyes que había que cumplir y cuya inobservancia conllevaba unas sanciones muy drásticas, o sea, que tenían un carácter normativo y coercitivo donde el castigo era la norma para quienes no lo cumplieran

Más modernamente, en el Siglo XIX surgen con Bentham los códigos deontológicos, los cuales nacen  en el ámbito de las profesiones como propuestas de comportamiento adecuado al espíritu de las disciplinas involucradas. Son normas para el bien hacer profesional.

El primer modelo es discriminatorio y coercitivo, el segundo es propositivo y normado por el bien hacer en busca del bien. Este responde en una etapa de la humanidad en que hay un predominio de códigos morales únicos  o monoteísmos axiológicos.

La realidad es que con los cambios sociales, la globalización y el desarrollo del capitalismo hemos pasado a propuestas  morales múltiples que nos plantean situaciones morales disimiles y de más de un curso de acción posible y los códigos no pueden dar salida a dichas situaciones en la esfera pública como lo harían en el ámbito de las profesiones, de manera que los códigos de ética para el servidor público nacen con una debilidad congénita: Querer enfrentar con un punado de valores todas las situaciones que se presentan en ese ambiente.

El Código de Ética del Servidor Público dominicano nació también con dicha patología. Verlo en retrospectiva nos permite entender que fue un buen esfuerzo de fundamentar éticamente el Estado dominicano, pero por una vía equivocada, porque en vez de ser el sustento de una propuesta para la transparencia se convirtió en un cómplice de su inobservancia, ya que con unos diez valores exigibles a los servidores públicos se esperaba que ellos se comportaran bien, independientemente de que las inconductas políticas, económicas o de corrupción que pudieran existir ni se enteraban que el código existía o eran acciones que no pasaban por esos escritorios o ventanillas.

Su propio modelo de redacción lo hace más confuso, pues es una ley (que obliga, es un principio de Justicia: ética de mínimos) en un código que es una propuesta axiológica de bien hacer (que invita, ética de máximos) que desde la perspectiva de ley implica sanciones, pero que desde la perspectiva moral  no debía tener carga punitiva.

 Se intentó reorientar siete años después,  con la Ley 41-08 de Función Pública, derogando la Ley 120-01 y asumiéndola en la de la función pública bajo el titulo Régimen ético disciplinario,  siendo este su nuevo pecado original,  ya que retoma los mismos diez valores del código anterior, separado de los hechos y redactado adjunto a las sanciones a los incumplimientos de la ley.

Más grave aún, se promueven en el Estado dominicano la proliferación de los códigos desde la pauta 1-002 del Sistema Nacional de Control Interno, con nuevos vicios de construcción.

Estos modelos de códigos mal llamados “de ética” podrían caer, citando de nuevo a Diego Gracia, en una perversión axiológica, que contribuye a desligar los hechos de los valores, la ética de la política, dando visos de legitimidad a la ética en la política que necesita recurrir a la bandera de los próceres morales.

El más valioso instrumento de fundamentación ética del Estado nació también con defectos físicos, pero es un recurso tan importante que ha valido la pena invertir en su recuperación. Son  las Comisiones de Ética Pública (CEP), espacio idóneo para convertirlos en instancias deliberativas que manejen el contenido práctico de las éticas de la política. Claro que esta modalidad está luchando en un terreno árido contra los propulsores, bien intencionados, de los códigos y su imposición, con agravantes de incursionar por su vía en las CEP pervirtiéndolos también.

Las CEP son modelos de escenarios propicios para las éticas públicas que promueven las éticas de la política, donde se discute eso que Boff señaló como “el carácter ético” de los hechos, o las realidades que a diario se presentan en el escenario global del país y en la administración pública, que es el tema que nos ocupa.

Mientras sigamos ofertando una canasta básica de diez valores en una realidad plural, donde predomina el politeísmo axiológico equivale a decir que se puede reducir el accionar ético al referente de solo esos diez. Con una pluralidad de los hechos que van desde el narcotráfico y sus redes hasta la corrupción de algunos, la perversión de las normativas, la anomia, no podemos seguir dando palos a ciegas con modelos sociales, creo que es el caso de la Cohesión Social, desligado de una propuesta ética que parta de reconocer como escenario preferencial la política, una propuesta de LA ÉTICA DE LA POL?TICA.

 

Bibliografía

 

Boff, L. (2006). Qué ética va a prevalecer. Servicios Koinonía. Agenda Latinoamericana. Obtenido el 25 de noviembre de 2001 desde http://servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=189

Gracia, D.  (2011). Reflexión sobre la ética desde la crisis. Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Obtenido el 30 noviembre 2011 desde

http://www.racmyp.es/noticias/2011/2011-10-11%20-%20Diego%20Gracia%20Guillen.pdf

Kliksberg, B.  (2006). Más ética más desarrollo. Buenos Aires: Tema Grupo Editorial.

República Dominicana. Ley No. 41-08 de Función Pública del 16 de enero. Santo Domingo: Editora Lozano.

República Dominicana. Código de Ética del Servidor Público. (2001). Ley No. 120-01 del 20 de julio. Procuraduría General de la Republica. Departamento de Prevención de la Corrupción: Santo Domingo

 

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